Acariciándote los huesos
Me he despertado acariciándote los huesos, olíamos a tierra mojada y el fango nos servía de sábana. Somos como esos enfermos que desesperados se consumen en un intento por exprimir hasta el último de los segundos de sus lamentables vidas. Estamos en lo más bajo, deprimentes, como seres del inframundo que se esconden de la luz y se alimentan de carroña. Esto es sucio, es carroña emocional lo que nos llevamos a la boca, son jirones de piel muerta lo que palpamos entre los dedos y aun así quiero besar cada una de esas líneas de nácar trazadas por un pretérito escarpado en tu piel. La simple idea de lo nuestro me desgarra las entrañas, pero aún me duele más tener que imaginar cómo de frías serán tus manos y no poder notar como erizas mi piel. Me avergüenzo de esto, es tan ruin, tan humillante y a la vez tan poco terrenal.
Hemos tocado fondo y al tiempo me siento como en el cielo, consigues que me evada del resto del mundo, sólo oigo tu respiración, sólo veo tus ojos, estáticos, clavados en los míos, tu nariz juguetea con mi pelo. Se para el tiempo y nada puedo hacer por recordar quién soy, qué está bien y qué está mal o si ya me advertiste que esto no era correcto.
Despierto por fin con la calma de quien se sabe inocente, pero ansiosa por delinquir entre tus manos. Tienes la sonrisa pícara de saberte deseado, te la juegas con tus bromas a llevarte algún mordisco y pareces muy seguro de tu frialdad, pero hay lugares donde tus normas no tienen valor, pequeños espacios de tiempo en los que pierdes la conciencia y yo voy a estar ahí, para saldarme mis tres deseos, porque no voy a perder la oportunidad de descender por tus caderas, me niego a no estremecerme con tus mandíbulas en mi cuello. No pienso morirme sin haberte besado.
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