Bailando

He bailado hasta que me sangraran los pies. Descalza y de puntillas. He bailado con las zapatillas cubiertas de resina para deslizar lo justo y necesario. Al compás, a destiempo... Y voy a seguir bailando.

Quiero extender los brazos y sentir el vacío alrededor, ser funambulista, bailar sobre la cuerda floja. No tener que alzar la vista para alcanzar mis deseos, no tener que bajarla, para no recordar el suelo.

Dos extremos que se tensan, que se vuelven a acercar. Equilibrio, concentración, silencio. Una vez se calcula el rumbo la música debe volver a sonar. Mirando a un punto fijo, para no perder el centro.

El vértigo lo siente quien tiene miedo a caer. A mí no me asusta la caída libre, ni el aterrizaje, sólo me importa volver a remontar el vuelo, volver a las alturas disfrutando del ascenso a cada aleteo.

Todos sentimos pánico alguna vez, sí, ante lo incierto, pero cuando ya has saboreado el suelo, cuando sabes que el lodo es simplemente lodo, ya no hay nada que temer.

Pensé que tras derrumbarme, mi exceso peso partiría mis tobillos, pero se han hecho más fuertes, para soportarlo, para soportarme. Así que ahí vamos, soltando lastre poco a poco, alzando el vuelo, firme, feliz... fuerte.

Saltar de una tecla a otra, de nota en nota, de cuerda en cuerda. Dejar fluir los movimientos como si el viento tuviese rumbo predefinido. Un compás predestinado para cada hoja que cae, para cada cuerpo... improvisar un pasado sobre el que volver los pasos.

Mi sueño siempre fue bailar, a toda costa, y se rompió, como muchos otros, como los de todos. Se rompió en dos pedazos, como una lengua bífida, esa vértebra que quiso saltar de su rumbo marcado. Pero he comprendido que no hay pegamento más resistente que la propia voluntad. Así que, que no pare la música, que no apaguen la luz. Puede que no haya pista, escenario, ni aplausos, ni los necesito.  No quiero miradas fijas en mí, no quiero público, simplemente el cuerpo me pide, de algún modo, seguir bailando.


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