De ladrones y fantasmas

 A mitad de camino entre la rabia y la pena, sin llegar a estar indiferente, hoy toca despedir fantasmas, y mañana enterrarlos.

Ojalá todos, incluidos los muertos, puedan ahora encontrar la paz.

Yo me quedo con esa sensación de que todo pudo haber sido diferente, de que en vida todo tenía remedio, y que ahora, con la muerte, ya sólo  se pueden asumir las bajas, despedir las ganas de haber sido mejores, más fuertes, más valientes, pero ni un solo remordimiento me acompaña hoy. Yo lo he intentado, hasta el final, y eso nunca pesará en mi espalda. Tú no.

Estabas ahí, al otro lado de aquella puerta que me negaron cruzar, no pude decirte adiós, pero tampoco he tenido ocasión nunca de saber a quién estoy hoy despidiendo. Mezquinos aquellos que acapararon todo lo físico, lo afectivo, lo material, y que hoy te dejan ahí sola, toda la noche, con este frío que ya no sientes. Te velaré en el coche un par de horas, quizá te llore, a escasos metros de tu féretro, de ti... y tan lejos.

Ya no estás, y me quedan un pequeño ramillete de recuerdos, alguna canción; una silla que me paseaba a dos patas pasillo arriba, pasillo abajo; tus comentarios sobre el señor del telediario, que necesitaba un peine nuevo y aprender a sentarse mejor; ir a la plaza a dar de comer a las palomas. Nunca fui tu favorita, nunca fui, pero estábamos ahí. Nunca he vuelto a probar helados de fresa como aquellos, tenían un sabor particular, entre dulce y ácido, sabían a tus recuerdos.

No he podido quererte, no he querido quererte, porque nunca me has querido, ni a mí, ni a los que más quiero. Eso nunca me gustó. Ella se merece todo, sólo por ser, todo menos tu desprecio. Nunca estarás a su altura. Ella es valiente, tú cobarde, pero gracias, gracias por hacerle así, autosuficiente en lo emocional, irrompible madre que nunca dejará desprotegidos a sus hijos, por muy rota que esté por dentro. Ella es el mejor de los ejemplos, y tú, tú también me has enseñado cómo no ser. NUNCA querré una corbata que guíe mis pasos, quizá deje que me acompañe parte del camino, pero NUNCA me dejaré doblegar por una condición otorgada por el cromosoma "Y".

Llevaré siempre tu nombre, sí, aunque no lo recuerdes. No tengo nada más tuyo, quizá algún rasgo, y una extraña relación amor/odio hacia los helados de fresa, y un tremendo miedo a que una ola enorme se me lleve, en esa playa.

Es mi particular forma de decirte lo que no he podido, es algo así como adiós, sin un hola.

A mitad de camino entre la pena y la rabia, cada minuto un poco más indiferente, hoy te despido y te pido que no vengas a verme, y mañana te enterraré profundo, al lado de quien tú quieras. Extraña decisión pasar la eternidad rodeada de monstruos, pero así viviste, así que te sentirás en casa.

Te recordaré, cada día que proceda, honrando a los antepasados como debe ser, para que nos ayuden en el camino. No me dejes recorrer tu camino nunca. 

Descansa. Ojalá todos podamos ahora vislumbrar la paz.


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