El patrón establecido

Somos las lecciones que aprendemos a través de nuestras vivencias. Somos cada segundo de vida, lo que en él acontece y cómo lo percibimos. Somos en esencia nuestra capacidad de analizar la información que llega a nosotros, a través de nuestros sentidos.

Antes del último giro, la última iteración, previa a abandonar los pensamientos recurrentes, circulares, era la convicción de que daba igual cuan duro fuese el esfuerzo, nunca sería suficiente. Antes de aquello, era la rendición que, en primera línea de batalla, se quita la armadura y deja caer sus armas, como un kamikaze, asumiendo la derrota como único resultado, pero sin desistir en el empeño de dar hasta el último aliento.

Era la convicción de que el afecto era sólo para unos pocos privilegiados, mucho más capacitados que yo, infinitamente más merecedores, por méritos propios. Era la lucha constante entre la resignación y la perseverancia, porque así había gestionado, así había percibido mis circunstancias, mi existencia en ese entorno en el que crecía. Era dolor, era inseguridad, era miedo, era la certeza de que aquel no era mi lugar, ni mi momento.

Y seguro que a lo largo de lo que me quede de vida volveré a ese punto, a ese lugar en el bucle. Porque nos aferramos a lo que conocemos como si no existiera nada más. Porque es más fácil de comprender la lección que se repite como un mantra, que aquello que nuestros sentidos desconocen, hasta el punto de no ser capaces de reconocer como información válida, nuevas herramientas para gestionar y analizar una nueva situación.


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