Gigantesco

Lo he intentado. Mil veces, de mil modos. Con todas mis fuerzas. He intentado acallar ese rugido feroz, aterrador que resuena en mi cabeza.

Lo he intentado porque me lo pide, al grito de “mátame”, dentro de mi cabeza, pero no se deja atrapar.

Es una bestia esquiva; gigante, pero con gran mimetismo. Se esconde. En cualquier rincón reaparece, ronronea y deja ver sus dientes, con actitud indiferente ante el pavor que sabe que provoca.

Cuando me acorrala, cuando me sabe bien enredada entre las cuerdas, se regodea, juega conmigo, su presa, me pasa de una zarpa a la otra, me deja suspendida, pendiendo de un hilo, como un yo-yo, viendo acercarse el suelo, temiendo la caída, temiendo la sacudida de todos mis huesos, para detenerme ahí, a milímetros del suelo. Y me deja ahí, oliendo la tierra, el sudor. De vuelta para arriba me voy acercando a sus colmillos, blancos, muy blancos y afilados. Son tan blancos que toda la luz, la poca luz que deja en mi cabeza, es reflectada con tanta intensidad que no deja ver nada más, sólo el miedo, que no necesita ojos para ser visto.

A veces juega a dejarse cazar, porque sé que para ella es un juego, y cae en mis trampas rudimentarias. Se enreda en el espino, y duele. Cada paso que da, cuanto más profundas entran las espinas entre sus escamas, perforando su carne, más me retuerzo yo, cada punzada me atraviesa, me desgarra, mientras ella clava su mirada en mis ojos, fría y muy serena, desafiandome, y grita:

mátame, mátame hoy, si es que puedes. ¿No? Tal vez mañana.

Y se libera con la misma facilidad que entró, y desaparece, despacio, sin prisa.

Cuando duermo se cuela en mi cama. Sale de mi cabeza y me abraza, tan fuerte que no me deja moverme. Me paraliza, y me habla:

Escúchame ahora, no puedes hacer otra cosa. Sólo puedes oír mi voz.

Me susurra en el cuello y pasea su lengua fría y húmeda entre la clavícula y la mandíbula sin que me pueda mover.

Hoy. Mátame hoy. Mírame, no pienso moverme de aquí, no voy a escaparme ni moverme de tu lado. Sólo tienes que levantar los brazos…

Intento balbucear, aunque sé que no hace falta, porque oye todo lo que pienso. Sabe que no puedo. Y con una carcajada se vuelve a esconder en mi cabeza, para poco después liberarme de su parálisis, dejándome de nuevo sola, helada e impotente.

Me tiene atrapada, soy presa fácil. Siendo sincera, tampoco me he esforzado por huir. Nos tenemos la una a la otra, aunque nunca está cuando la soledad, el vacío lo llena todo. Es un juego al que olvidamos poner reglas, y sin parámetros mi fiera campa a sus anchas, cautiva en mi cabeza, sin límites ni barreras que le frenen para cometer abandono. Tú ganas, yo te pierdo. Esta simbiosis merece menos escenarios y más melodías. Debería dejar de sonar siempre igual. Debería de dejar de ocurrir en cualquier parte.

Debería dejar de soñar siempre igual.

Conozco su punto débil, sé cuál es su talón de Aquiles, pero nunca, nunca logro alcanzarlo. Y aunque lo tuviese delante, me vería incapaz de asestar el golpe.

Aún recuerdo cuando sólo era una cría inofensiva. Aún recuerdo cuando la creé. Parecía tan buena idea… Me encariñé de ella, de él, y aprendió a alimentarse sola, de miedos, de vivencias, de sueños. Comenzó a tragarse todo lo que llegaba a su jaula, hasta que se comió la jaula, y empezó, caprichosa, a merodear por todas partes, eligiendo qué le venía en gana, qué se le antojaba. Y se hizo grande, inmensa, incontenible, un ser hermosísimo, perfecto, majestuoso. Se convirtió en la fiera que es hoy, aunque con los años su perspicacia ha ido en aumento, y supongo que como toda criatura que ha crecido cautiva, una vez se ha visto liberada, odia y ama a su captor. Como ese síndrome de Estocolmo que el lado consciente conoce y detesta, y trata de arrancar de sí misma acabando con el causante del mal.

Todos los hijos (y así la siento, fruto de mi creación) pensamos en algún momento de la vida, que nuestros padres nos han privado de ciertas libertades de un modo injusto, egoísta, sin tener en cuenta las que, creemos, son nuestras necesidades, bien de socializar, bien de expresar, experimentar… volar (enormes son sus alas hoy). Y bien es cierto que muchos padres imponemos restricciones basándonos en lo que creemos lo mejor para el desarrollo de nuestros retoños. Aunque muchas veces nos mueve más el miedo a su fracaso, a su dolor, que un pensamiento racional, que como especie, como ser, nos ayuda a evolucionar. Deberíamos dejar cometer más errores, dejar suceder las caídas, físicas y emocionales, y que sea la fortaleza propia la que decida si enseña o mata. La confianza depositada en ellos puede ser el mejor escudo que les podemos regalar, de por vida, pues de este modo las barreras dejan de ser nuestra responsabilidad, porque siempre llega el día que pesan, que aprietan tanto, que se necesita un culpable a quien reprochar todo aquello que hicimos mal.

Mi criatura era pequeña, yo la creía tan débil, tan incapaz de sobrevivir por sí misma, que quise tenerla resguardada, a mi lado siempre, para cubrir todas y cada una de sus necesidades. Eres fruto de mis miedos, me perteneces y he de cuidar de ti. Nunca reparé en el detalle de que hay necesidades más allá de las básicas, y más allá del afecto "maternal". Nunca la dejé expresarse, como se expresa un niño pequeño, moviendo libremente todo el cuerpo. Nunca la dejé caer, equivocarse, aprender de sus errores, y así pospuse también mi propio aprendizaje, pagando hoy de golpe todos y cada uno de los errores cometidos en ese periodo. Ella, él, me guarda rencor, y yo también me lo guardo, y eso, en parte, aún nos mantiene unidos.

Mi pequeña criatura es, básicamente, mi monstruo más aterrador. Algunos lo guardan en el armario, otros bajo la cama, o en lo profundo de la oscuridad de un pasillo, de una calle, en unas manos que no quieres que te vuelvan a tocar… todos tenemos uno, o muchos, y cada uno lo guardamos donde más nos aterra. El mío, éste en particular, está en mi cabeza (y en unas manos, y en una calle, y en lo alto de un balcón, y en un gatillo, un grillete, una ola enorme, en los rugidos del viento…). En las mentiras que son pronunciadas con total impunidad y con mil excusas camufladas de culpabilidad... Yo, culpable siempre.

Todos los monstruos tienen un punto flaco, algo que les otorga la categoría de lo que en esencia son, seres vivos. Vivos, porque habitan en nuestras cabezas, o en nuestros corazones. Vivos, porque nacen y crecen. Vivos, porque se reproducen con gran facilidad, una y otra vez, por mitosis, por esporas, incluso se violan entre ellos, engendrando más y más miedo, y odio, y asco. Pero todo lo que está vivo puede morir… igual que muere el amor o el cariño, si es que alguna vez estuvo vivo. La luz también muere, se apaga, no sólo al cerrar los ojos.

Mi monstruo es, como todos los demás, etéreo, pero a su vez tan real que puedo sentir todo su peso desplazándose de un lado a otro de mi cabeza. Puedo sentir cómo me asfixia cuando sale y se sienta sobre mi pecho, o sobre mi cuello. Es como una carga que decide hacia dónde ha de virar mi vida, juega con mi equilibrio, me hace caer con frecuencia. Creo que lo tiene todo planeado, tan calculado, que me atrevería a decir que su vida (y la mía) gira en torno a su magnífico plan. Como una obra de teatro, o de circo. Un espectáculo perfectamente programado y coordinado para que nada, absolutamente nada esté fuera de control. Tiene su margen para la improvisación, claro, pero conoce demasiado bien a los participantes; artistas, público, maestro de ceremonia, escenario, como para saber que nada de lo que allí se improvise puede cambiar el rumbo de los acontecimientos programados.

A veces desaparece un largo periodo de tiempo, dejando ver sólo algún guiño entre sueños para que sepa que es una libertad tutelada. Quiere que sepa que me da margen para que me relaje. Quiere que baje la guardia, pero sin olvidarme de nuestra estrecha y maltrecha relación.

Algún día vendrá a por mí de nuevo, pero estaré bien preparada. Alguna vez dejará un cabo suelto, confiada, por una vez me mirará ella a mi al fondo de los ojos, de nuevo, y me oirá decir: 

Mátame. Tú a mí. Hoy, aquí y ahora. 

Sé que dolerá, que se ensañará con todos y cada uno de mis miedos, es muy sádica y ya no tiene alma, sé que hará jirones cada rincón de mi cabeza, deshilachando poco a poco todo lo que me importa, cada parte de mí, todo lo que tengo, todo lo que soy. Y jugará con las piezas de su festín sangriento, se bañará en los fluidos de mis entrañas, en mis recuerdos, mientras me mantiene aún con vida, sólo un poco más, por diversión, por rencor, por haberla tenido presa, por haberla liberado, por dejarle existir.

¿Tienes miedo? Claro que tienes miedo.

Sí, sí lo tengo.

Me temes.

No, no te temo, me temo a mí.

No, no es cierto, me temes a mí, a todo esto.

También, por supuesto. En el fondo es lo mismo.

Lo mismo da ahora.

No, no es eso. No es mi final. Aún no. Esto no acaba aquí, ni ahora. No para mí.

Esto acaba aquí para los dos. ¿Es que no te das cuenta? Pienso acabar conmigo, y eso va a matarte. Tú ya no puedes ser sin mí.

Estás confundida, Eres tú quien depende de mí. ¿Dónde vas a vivir si me matas? ¿Quién va a cuidar de ti si yo no estoy para alimentarte? Efectivamente, estamos unidos, pero yo sí puedo seguir adelante si mueres.

Yo vivo en tu recuerdo. No puedes matarme y olvidarme. No sabes cómo. Si desaparezco de las sombras, volveré en las luces. Voy a formar parte de ti siempre.

Tienes razón, siempre serás parte de un recuerdo que habitó en mi cabeza, pero yo puedo elegir cuándo, dónde recordar. Y hoy, hoy he decidido llenar cada vacío, iluminar cada rincón, no pienso dejarte hueco, no puedes escapar siempre. No, si no tienes dónde guarecerte.

Sonará un estallido, minúsculo. Todo se llenará de luz… y luego de oscuridad. Todos y cada uno de los recuerdos saldrán despedidos, se esparcirán por la habitación. Y todo se reducirá a nada. Todo se llenará de todo. Ah, qué bien suena la risa de los niños cuando es sincera.

Corre el aire, dando portazos por toda la casa, nadie oye nada fuera de lo normal, nadie ve nada. Sólo se percibe una sombra pasar, ventana abajo, hasta caer al suelo y deshacerse en un charco.

No aprenderemos nunca. Abriré la puerta a cada alimaña, le daré de comer, le dejaré crecer, le dejaré marcharse, y la recordaré por siempre. Como algo hermoso que sucedió, que me engañó de nuevo, que me enseñó algo nuevo… pasajero de un viaje impredecible a bordo de los más oscuros pensamientos. Todos, todos los monstruos son bienvenidos. De todos me llevaré algo. De ti, un brillante colmillo extraído del día que entre tus fauces trataste de darme fin, de acabar contigo. Llevaré por siempre tu cicatriz, oculta en mis entrañas, que dolerá los días de lluvia y me harán recordar que un día fuiste parte de mí. Adiós, fierecilla. Debemos seguir avanzando. Despliega tus alas, yo coseré las mías con las plumas que vaya dejando cada pasajero. Adiós, te libero.

Todo tiene principio y final, hasta los miedos.

 

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