Iteración

Todos estamos atrapados en un bucle. Cómo volvemos a caer una y otra vez, cómo incansables tratamos de superar el mismo error mil veces actuando siempre igual. Estamos programados para asumir que no tenemos la responsabilidad de todo aquello que sucede a nuestro alrededor, asumimos que la culpa es de otro, del destino, de la suerte..., nos han enseñado que, si algo no funciona bien, es porque está averiado y debemos repararlo, pero cabe la posibilidad de que no le estemos dando el uso, la lectura correcta. No solemos ser capaces de procesar que no todo está a nuestro alcance, y que no siempre el problema viene de fuera. 

Tendemos a pensar que tenemos que amoldar aquello que no nos encaja a la manera que tenemos de plantear las cosas, que el problema, siendo nuestra obligación subsanarlo, no es nuestro, sino externo. Es una paradoja, se nos hace creer que somos los responsables de solucionar algo que no nos pertenece, que es ajeno a nosotros tanto en origen como en alcance, pero que somos los únicos con poder para cambiarlo, que la única fórmula correcta es la nuestra.

Como quien recorta una pieza de puzzle unos milímetros para que encaje a la fuerza donde no es, a veces cortamos el fino y delicado vínculo que nos une a alguien. Rompemos sus sueños, su ser, nos llevamos un pedazo importante de su carácter, y, hay quien está dispuesto a renunciar a expresar su idiosincrasia de una manera flexible y pactada, pero todos tenemos un límite en el que mueren las asertividades, o quizá algunas incompatibilidades no entiendan mucho de ademanes apropiados. Todos tenemos un resorte al final de la mecha que hace saltar todo por los aires irremediablemente.

No siempre podemos hacer que el problema se adapte a nuestra solución. A veces, la mayoría de las veces, es a la inversa, y somos nosotros quienes debemos amoldarnos al problema, a las circunstancias para solventar una confrontación o una situación que nos supera.

Cómo nos cuesta tanto alejarnos de una creencia, cómo el apego, a personas o a nuestras propias ideas, se apodera de nosotros, anulándonos por completo hasta convertirnos en monstruos agotados, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño.

La perseverancia no siempre es buena. A veces hay que desistir en nuestro empeño, pasar página, dejar ir o soltar, o, si queremos que aquello que nos resulta incompatible continúe formando parte de nuestra vida, quizá debamos tratar de ir más allá del problema en sí, y cambiar nuestro enfoque del asunto, recalibrar nuestra escala de valores y tener claro que quizá manteniendo ciertos aspectos de nuestra cotidianidad, estamos renunciando a un tiempo o un esfuerzo que bien podríamos aprovechar para otros menesteres, quizá menos gratificantes, pero sí más compatibles con la comodidad de no renunciar a nuestra férrea convicción de las verdades absolutas.

En ese bucle de querer arreglarlo pero sin renunciar a los métodos propios, en cada iteración del quiero esto, pero ha de ser así, nos perdemos un poco más del objetivo y nos obcecamos con la idea de que sólo uno mismo puede hacer bien las cosas, que el otro se equivoca. Y la inercia sigue creciendo, y vamos tomando velocidad, y sin el objetivo de solventar las diferencias como punto de referencia, pronto llegan las náuseas y el malestar, y nos falla el equilibrio, en todos los sentidos.

La socialización, las relaciones, del tipo que sean, traen consigo una renuncia intrínseca a algunas prioridades individuales, pero también puede aportarnos factores positivos, y al acotar esos derechos y libertades dentro de unos márgenes preestablecidos de respeto al otro, no debemos obligarnos por ello a renunciar a nosotros mismos, sólo a flexibilizar esas condiciones individuales. Nadie quiere ser figurante, ni siquiera secundario, en su propia función.


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