La habitación del olvido
Cómo no, el viento sacude otra vez cada estancia de la casa. Debo estar tocando fondo otra vez.
Hay una puerta que se ha cerrado tan de golpe que el picaporte ha caído haciéndose pedazos, como si se tratase de uno más de los vidrios de las ventanas... todos hechos añicos por el suelo. Otra, permanece entreabierta, pero de ella sale una oscuridad inmensa, un helor que sólo de acercarse hace crepitar el cabello, y allí campa a sus anchas, recorre de punta a punta cada sala, menos las que hay tras aquellas dos puertas.
El viento no quiere saber nada de aquella segunda habitación. Allí no le interesa nada, y a mí me puede la curiosidad de saber qué hay allí, que hasta el viento reniega de entrar a hacer destrozos. Qué puede aterrarle tanto.
Cada vez que entreabro veo exactamente lo mismo, y no entiendo ese temor. Está todo perfectamente ordenado, fotos, un póster de aquella película en la pared, un par de sillones con aspecto confortable, una mesa con cuadernos, una silla alta junto a ella, una taza gris de café humeante, lápices y un flexo encendido. Todo perfectamente colocado. Todo salvo un puñado de plumas de algún pequeño pájaro desperdigadas.
¿Qué le ocurre al viento que no se ve tentado de desmoronar la pila de papeles, que no hace remolinos de plumas ni derrama el café de la taza?
El resto de las salas están todas revueltas, tanto que parecen tener vida por sí mismas, pero aquella, inerte, parece el mismísimo olvido. Y es tan tentador sentarse allí a dejar pasar el vendaval, disfrutar de esa paz sorbo a sorbo, leyendo en la penumbra bajo el flexo, que me planteo seriamente entrar. Pero el viento me silba cuando me acerco, parece que me advierte de algo. Es curioso cómo él, que siempre viene a traerme angustia, parece querer protegerme de algo que debo estar pasando por alto.
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