Línea
Hubo una vez una línea que separaba en dos la pequeña parcela de ese lugar que habitas. Una delgada y desgastada línea que luchaba por mantenerlo todo a raya.
La línea no era recta, pues pensaba que si se mantenía firme sería más fácil terminar por quebrarse, así que se curvaba, se dejaba mecer. Fluctuaba custodiando celosamente ambos lados de su estrecha figura, no dejando jamás que se confundiese un lado con el otro, y sólo de tanto en tanto daba más espacio al que puntualmente lo necesitaba.
Un día, aquella línea empezó a sentirse cansada, la batalla entre ambos lados, allá donde habitas, era constante, intensa; y por más que se tensara o contrajese, siempre uno de los lados pesaba más, tiraba más, dolía más. Línea sentía sus huesos desencajarse, una y otra vez, la escoliosis de su estructura la estaba matando de dolor, y ese dolor empezó a generarle dudas. Se sentía bífida, como si un espacio dentro de ella misma luchase por hacerse hueco entre aquellos dos mundos. En su interior comenzó otra batalla.
Ella ya no quería más adaptarse a lo que le envolvía, sólo podía pensar en adaptarse a su nueva condición, su condición paralela. Y se fue volviendo cada vez más rígida, y así, frágil. Estaba demasiado ocupada escuchando su interior. Le atormentaba el rumor que escuchaba fuera, no le dejaba centrarse en sus propios susurros. Recordó como era más fácil resistir la presión cuando se ondulaba y comenzó a darle vueltas a aquello.
Pasaban los días y seguía circulando sobre ella la absurda idea, se debilitaba, empezaba a quebrarse por tanta presión, pero sacó fuerzas y, tras un gran esfuerzo, los extremos de sus ambas caras se tocaron. Línea se convirtió en circunferencia.
Ahora era fuerte, lo suficiente para retener todo aquello que tenía dentro. Era consciente de que no debía expandirse. Si dejaba crecer todo aquello, se convertiría en un monstruo enorme, y Línea conocía bien su tarea de contención.
Tras muchas jornadas de desvelo, se percató de que allí fuera, fuera de sí, donde habitabas, estaba todo en calma. Era un silencio absoluto, envolvente, que daba frío escuchar. decidió echar un vistazo fuera de sus fronteras circulares y vió la masacre. Allí casi no quedaba nada, ni nadie, estaban todos helados, algunos cadáveres se abrazaban, en acto desesperado por mantener el calor, otros se habían devorado entre ellos, un canibalismo brutal, y los pocos que quedaban con vida estaban allí sentados, con los ojos clavados en el suelo, probablemente en shock por lo allí acontecido. Tú estabas tendido en el suelo, no recuerdo si vivo o muerto, pero inerte, helado. Pestañeé y ya no estabas entre aquellos restos.
Línea se había olvidado completamente de su labor, se había centrado tanto en sí misma que… allá fuera todo se mezcló, se sublevó, y acabó en matanza. Paróse y pensó que ahí fuera ya nada se podía hacer, ya nada en su existencia tenía sentido, porque aquella batalla había terminado, del peor modo, con todos. Se sintió tan mal, tan culpable de haber olvidado su cometido, que en un ataque de autocompasión quiso abrazarse a sí misma, eliminar todo aquello en su interior que le dividía.
Qué egoísta se sentía, qué remordimientos recorrían su circular espinazo. Cada uno de los entes que ahora le habitaban ahora los sentía mezquinos, se arrepentía tanto de haberlos escuchado, de haberlos priorizado… qué oscuro y frío era ahora todo, dentro y fuera.
Línea se estrechó, abrumada por todo aquello, y se abrazó, sus paredes convergieron todas en su centro, se convirtió en un punto… se consumía, se resquebrajaba, se dolía y empequeñeciendo… Línea desapareció.
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