Llegadas
Hay personas que entran en tu vida como un vendaval, arrasando todo y haciendo mucho ruido, y no se despiden al salir. Otras llegan de manera discreta, a veces para quedarse, a veces para marcharse del mismo modo que entraron, de puntillas y sin hacer ningún ruido. Pero es innegable que cada persona con la que compartes el camino, sea dos calles, dos kilómetros o dos décadas, nos deja su impronta. Y en algún momento algo evocará su recuerdo a través de nuestros sentidos.
¿Quién no se ha enamorado perdidamente de unos ojos tras un libro, una sonrisa entre bostezos, un perfume que te envuelve en lo que dura un trayecto en autobús? Quizá sólo dos paradas, quizá cada martes, pero imaginas cómo sería echarle valor e invitarle a un café. Y quizá no te vuelvas a cruzar con esa persona, pero verás ese rasgo, olerás su perfume el día menos pensado y recordarás el rubor en tus mejillas cuando se giró y cruzasteis la mirada en el mismo tablero.
Como en cualquier obra, hay personajes que tienen más peso que otros, y a medida que transcurre la narrativa vas descubriendo su importancia. Aunque también hay otros que, desde el momento que cruzan el umbral que separa las bambalinas del escenario, llenan toda la estancia con su presencia.
En todas las obras hay personajes planos, que no evolucionan. Desempeñan un papel determinado y desde que llegan, hasta que se marchan, ya sea con un caluroso aplauso o con el mayor de los sigilos, ofrecen un único punto de vista, una única versión, aparentemente vacía, de un hecho concreto. Y una vez ha calado ese cometido en nuestras vidas, en nuestra obra, desaparecen sin más de los focos. No sin antes desencadenar una (r)evolución en el resto del reparto que, marcados por esa perspectiva, redirigen sus actos para, con la lección aprendida, seguir adelante con un nuevo enfoque frente a esa problemática planteada.
No deberíamos desechar la experiencia que un objeto o una mente inerte puede llegar a aportarnos. Si hablamos de la tan manida expresión de la piedra en el camino, por ejemplo, no podemos restar importancia a que, de no haber tropezado con ella, nunca habríamos virado el rumbo que teníamos preestablecido. Pues, supongo, que en mayor o menor medida, nos ocurre lo mismo con esas personas que se cruzan en nuestra vida sin otra repercusión que hacer que nuestra trayectoria gire unos grados concretos, en un punto exacto, para después volver a enderezarse, pero habiendo causado un pequeño cambio de perspectiva, de meta, de propósito a corto plazo, que quizá en un futuro nos salve de un nuevo tropiezo.
No, cada persona que pasa por nuestra vida no llega con un propósito divino, ni con una lección, pero sí con la oportunidad de mirar a través de un nuevo prisma todos los sucesos que le envuelven, brindándonos la posibilidad de ampliar nuestra capacidad empática, o al menos, saber hacia dónde ya no debemos volver a fijar la vista.
A veces son las personas más planas e insignificantes, las más vacías y carentes de cualquier peso, las que nos obligan a aprender las lecciones más útiles y valiosas para convertirnos en personaje circular. La simbología de lo simple siempre es más fácil de entender y asimilar.
Pero ¿qué hay de aquellos que nos acompañan un gran trecho del camino? ¿qué, cómo y cuánto aprendemos de ellos?
Es más difícil de digerir en el aprendizaje, ya que, conforme más tiempo pasamos con una persona, mayor tendencia tenemos a otorgarle rasgos propios, para amoldar la idea que tenemos de ellos a lo que podemos entender con mayor facilidad. Cuanto más parecido sea aquello que tenemos delante a algo que ya conocíamos, menor atención pondremos en los detalles, en las muescas y señales que lo convierten en algo completamente diferente a lo que concebimos en ese primer vistazo.
En mayor o menor medida, todos tenemos la capacidad de encontrar pareidolias incluso en el objeto inanimado más absurdo e inesperado. Retomo con este pensamiento la teoría de los patrones preestablecidos en nuestro subconsciente para darle forma a esta idea de que, cuanto más símiles encontremos en una primera impresión, más nos limitaremos nosotros mismos a conocer las peculiaridades y diferencias que hacen de esta persona un posible nuevo punto de vista enriquecedor para nuestro crecimiento.
Y con el tiempo todos nos acomodamos más, dando por sentado reacciones, hechos, percepciones por parte de otros, que quizá nunca hayan estado ahí, que no hayan existido o evolucionado hasta ese punto a la par que lo hicimos nosotros.
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