También reiteradamente idealizamos a personas o situaciones, y es por esa misma incapacidad de renunciar a los patrones establecidos en nuestra mente, en nuestra manera de entender las cosas.
Cuando alzamos la vista al cielo en una noche despejada, lo primero que nuestra mente busca es esa figura, la osa mayor, que entendemos como una figura concreta formada por cuerpos celestes, puntos, y realmente no estamos reparando en cuál es el nombre de cada uno de esos puntos, o la distancia real que hay entre ellos, o de ellos a nosotros. Pero está ahí, improntada en nuestro subconsciente, como la constelación que hasta el menos ducho en astronomía es capaz de reconocer. Tenemos la imperante necesidad de crear patrones con todos los elementos que se disponen ante nosotros. Se trate de astros, puntos, palabras, características, facciones, sonidos o silencios, nuestra mente creará líneas que las unan componiendo un todo, rellenando con las experiencias anteriores los huecos que quedan vacíos, o a veces, en función de esa experiencia previa, creando figuras que realmente no existen, que más allá de las barreras de nuestro entendimiento, de nuestros prejuicios, no son más que conjeturas.
Y a menudo tendemos a hacer lo mismo con las relaciones humanas, con la percepción que tenemos de personas, o hechos concretos que, aislado de toda experiencia previa con nuestro filtro particular, podría no tener nada que ver con todo lo que nosotros le atribuimos. Deseamos con tanta fuerza que aquello que creemos piezas de ése puzzle encajen entre sí a la perfección, que a veces olvidamos que, tal vez, esos retazos de ideas ni tienen por qué componer un todo, ni tienen que corresponder a una misma imagen. No siempre todo tiene que basarse en un patrón preestablecido, ni seguir un orden o una lógica.
A veces sólo son eso, pedazos inconexos de experiencias ya vividas que, en función de cómo las percibimos en su momento, con las conocimientos y el estado anímico que lo gestionamos, han tomado una forma u otra, un peso, un color, un sonido, que esto nos condiciona, desde que lo asociamos y etiquetamos minuciosamente, a buscar similitud en cualquier hecho o persona que estimule nuestros sentidos y evoque el recuerdo de ese patrón.
Todos tenemos prejuicios, porque todos acumulamos recuerdos, vivencias, dolor, rencor, cariño, y por alguna razón pensamos que un prejuicio siempre va ligado a algo negativo, pero no es así. También somos tan sumamente previsibles que si nos topamos con alguien con un rasgo en común a alguna persona a quien apreciamos, ya sea en su fisionomía, en su timbre de voz, un gesto, la procedencia, cualquier factor común, acto seguido esa persona pasará a resultarnos simpático, agradable, sin profundizar, sin molestarnos en examinar otras señales. Cogemos las piezas de otros puzzles, de otras personas, y creamos con ellos un collage que no tiene porqué parecerse a quien realmente es esa persona, pero pasará a definirle automáticamente en nuestras cabezas con una serie de etiquetas heredadas de esos retales. Y así, sin darnos cuenta componemos la idea que tenemos de alguien nuevo con un prejuicio.
Esa imagen, probablemente poco real, trae consigo falsas expectativas, porque creemos conocer a quien tenemos delante y cómo ha de reaccionar según nuestro esquema preestablecido, y nos sentiremos tremendamente decepcionados si no acontece todo como esperamos, y culparemos a esa idealización por fallarnos, sin que tenga culpa alguna, sin percatarnos que el error es única y exclusivamente nuestro. Deseamos con tantas ganas que se cumpla nuestra predicción, que olvidamos la realidad. Nos ceñimos a lo que sabemos manejar, a lo que no nos pilla desprevenidos y no supone un nuevo esfuerzo comprender. Hacemos de la realidad el concepto propio que tenemos de ella, nos empeñamos en amoldarla a nosotros, privándonos así de percibirla como realmente es, y no como deseamos o esperamos que sea, y culpándola de rompernos los esquemas.
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